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Hasta la semana siete de embarazo, andaba por la vida como si nada. Muy feliz, muy ilusionada y muy equivocada: canté victoria muy temprano, creyendo que todo el embarazo sería así de liviano. Sentía que era como mi prima Jéssica, por quien los embarazos pasan como una brisa. Yo y mi bocota.

En la semana siete y dos días, la paz de mi cuerpo se acabó. Aquella mañana empecé a reaccionar como si en mis entrañas hubiera una batalla contra el invasor, una suerte de inicio de guerra de mi sistema inmunológico, unas mañanas donde no podía poner un pie fuera de la cama sin antes rumiar unas galletas de agua y sal.  Unos días en los cuales podía pillarme un mareo horrendo en la mitad del pasillo. Unas jornadas donde perdí la cuenta de lo que comía y de lo que no comía y de lo que volvía a comer. Por puro ejercicio de terquedad: la comida me sabía a nada. O mal. U horrible.

Y la vida iba así: cuatro días de pesadilla, un día de bienestar. Tres/dos. Dos/uno. Luego ya ni lo supe.

El sábado amanecí mal. Pero él me llevó a comer una milanesa y, fue, en mucho tiempo, la comida que más he disfrutado. A partir de ahí, a partir de mi encuentro con la milanesa milagrosa, he estado sintiéndome muy bien. El sábado volví a escribir. Ayer empecé a ponerme al día con mis lecturas. Hoy he escrito durante toda la mañana y parte de la tarde y me siento tan bien que me parece mentira.

No. No estoy cantando victoria.

Dos contra el mundo

 

 

 

Somos un par de antisociales. Y les puede parecer extraño, ¿no somos una pareja que vive en una burbuja diplomática? Pero como la diplomacia es su trabajo, las fiestas, las cenas y los cócteles son asumidas con rigor profesional. Te vistes para la ocasión. Llegas puntual. Conversas con unos y otros. Y cuando empiezan a circular los cafés, te empiezas a despedir.

Pero, sí, somos un par de antisociales. No buscamos otras compañías los fines de semana. No vamos a discotecas. No frecuentamos la noche. Siempre preferiremos salir a cenar o ir al cine, de a dos. Hacemos planes para el fin de semana que a otros les parecen aburridos: almorzar en aquel restaurante que nos gusta, o aventurarnos a uno nuevo. Caminar y caminar por alguna avenida, tomados de la mano. Entrar a las librerías que se nos aparecen en el camino. Sentarnos, lado a lado, cada uno con su computador, y escribir acompañados. O escaparnos, tomar el auto y salir con el Lonely Planet en una mano y la cámara de fotos en la otra. Al sur o al norte, que todavía no hemos visto tanto Portugal.

Él llena mi mundo, es el dueño de mi respiración y de mis latidos. Él es impaciente e imposible, lo encuentro arrebatadoramente sexy, es dueño de una lógica irritante, me hace reír a carcajadas y me provoca emociones inéditas.

Él es mi mundo. Y haré de mi hogar cualquier punto del planeta donde la diplomacia disponga, hasta el día que huyamos a nuestra casa en medio del bosque, en la sierra carioca, él jubilado de la diplomacia, pero no de la historia. Yo no quiero jubilarme nunca de las palabras.

Somos dos contra el mundo. Aunque ahora, en verdad, seamos tres.

 

Hoy iba a llorar, pero no pasó.

Uf, por razones que aún no entiendo hoy se evaporaron esas lágrimas que fueron vaticinadas todo el fin de semana, con él anunciando un llanto copioso y tempestades en mi pecho. Aunque me encanta llevarle la contraria, para crearme la ilusión de que no me conoce tan bien, hoy estaba resignada a hacer una escena ridícula en el consultorio. ¿Cómo conseguiría evitar las lágrimas? ¿Yo? Imposible.

¿Será que la maternidad vuelve duras a las mujeres lloronas?

Hasta ahora, comprobaba que estoy embarazada cada vez que huelo un pedazo de chocolate y un gusto ácido llega a mi boca mientras mi estómago se disgusta. Cada vez que me miro al espejo en ropa interior y compruebo que tengo un pecho digno de Adriana Lima en cualquier desfile de Victoria’s Secret. Cada vez que me sorprendo colocando la mano en mi vientre para comprobar que mi piel está tibia.

Pero lo de hoy, no llorar, ha sido chocante.

Ya me conocen. Yo lloraba cuando reporteaba una historia que me pareciera triste. Lloro en cualquier película o con cualquier libro donde haya un animalito sufriendo, maltratado o muriendo. Lloré con Bambi y con Dumbo. Y con el Rey León. Eso cuando era chica. Lloré al ver Up, hace un par de años. Lo menciono porque lloré casi en toda la película. Lloro mucho en el cine.

Combatí contra las lágrimas el día que me casé, porque al verlo esperándome, tan guapo y tan feliz, el corazón se me disparó y las lágrimas asomaron para acabar con mi maquillaje. Gané aquella vez, solo por no salir con la nariz roja en la foto, pareciendo una novia borracha.

Hoy, en la sala oscura donde hicieron la primera ecografía de mi embarazo, no lloré. Vi a mi bebé, del tamaño de un arroz, nueve milímetros con ritmo, y el corazón se aceleró. Pero no hubo lágrimas. Escuché su latido cardíaco, esos 145 latidos por minuto, y reí. Reí mucho. Con una sonrisa enorme salí de la sala de ecografías y fui al consultorio de mi médico. Y nos pasamos cuarenta y cinco minutos hablando del embarazo y, yo, riéndome por cualquier cosa.

Hoy tengo siete semanas de embarazo. Dentro de cinco semanas iré a la segunda ecografía. Ya les contaré si de verdad he dejado de ser llorona.

La temperatura bajó hoy en Lisboa. Ocho grados en la mañana. Llovió después de más de un mes y el cielo lució un par de nubes. Hace frío, tengo antojos de chocolate caliente y leo en el Blog de Noblat que hoy, hace treinta años, se fue Elis Regina.

Esta es una de las tantas canciones que me encantan. Y sí, tenías que ser tú, LC.

 

É,
só eu sei
quanto amor
eu guardei
sem saber
que era só
pra você.

É, só tinha de ser com você,
havia de ser pra você,
senão era mais uma dor,
senão não seria o amor,
aquele que a gente não vê,
o amor que chegou para dar
o que ninguém deu pra você.
O amor que chegou para dar
o que ninguém deu pra você.

É, você que é feito de azul,
me deixa morar nesse azul,
me deixa encontrar minha paz,
você que é bonito demais,
se ao menos pudesse saber
que eu sempre fui só de você,
você sempre foi só de mim.

É, você que é feito de azul,
me deixa morar nesse azul,
me deixa encontrar minha paz,
você que é bonito demais,
se ao menos pudesse saber
que eu sempre fui só de você,
você sempre foi só de mim.
Eu sempre fui só de você,
você sempre foi só de mim.
Eu sempre fui só de você,
você sempre foi só de mim.
Eu sempre fui só de você,
você sempre foi só de mim

Números del 2011

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un reporte para el año 2011 de este blog.

Aqui es un extracto

Un tren subterráneo de la ciudad de Nueva York transporta 1.200 personas. Este blog fue visto alrededor de 4.700 veces en 2011. Si fuera un tren de NY, le tomaría cerca de 4 viajes transportar tantas personas.

Haz click para ver el reporte completo.

Doce momentos de mi 2011

Último día del año: ¿a qué hora se me acabó? Ya que estamos aquí, les voy a hacer un resumen de doce momentos que me quedarán de recuerdo de 2011. ¡Qué año! Mientras la crisis se apoderaba de Europa y la generación ‘a rasca’ (los indignados portugueses) aparecía de vez en cuando por Lisboa, yo viajé bastante, escribí mucho y me enamoré aún más.

  1. Comenzar el año en Brasil. El 2011 me encontró en Brasilia, en una celebración de Reveillon con todos los Villafañe. Fueron mis primeras fiestas con la familia política. Recibí el año vestida de blanco, bebiendo espumante brasileño y admirando los fuegos artificiales en el cielo de Brasilia.
  2. En febrero terminé de escribir, después de un montón de versiones, ‘Nuestra Señora’, mi primera novela. Meses después la releí y me gustó.
  3. Abril en Ámsterdam. La excusa fue un curso de escritura del cual me ‘hice la pava’ con mucho gusto el segundo día. Tomados de la mano en la primavera holandesa, re-miramos los trabajos de Van Gogh, conocimos la casa de Rembrandt, nos perdimos entre canales y cenamos en un restaurante chino flotante.Imagen
  4. Comencé a escribir mi segunda novela y terminé la primera versión. Lloré mucho en el último capítulo. Me reí bastante en los primeros. Está llena de detalles que me recuerdan a mi papá.
  5. La llegada de un montón de bebés. Mi sobrino Felipe, hijo de Luís Paulo y Michelle, llegó a mitad de año y después llegaron Sofía, Lily y Manuela. Sofía y Lily son hijas de la diplomacia. La primera es una quiteña de papás uruguayos (Analía y Javier) y la segunda una suiza de papás brasileños. Lily es la hija de Manu y Mauricio y encontrarme en Lisboa con una Manu embarazada fue un momento de grandísima felicidad.Imagen
  6. Manuela, hija de Sole y Pavel, es un punto aparte. Su llegada prematura me dejó preocupada. Pensé mucho en sus papás, nuestros queridos amigos, y me sentí frustrada de no poder estar allá. Seguí día a día su lucha, celebré cada pequeño paso: la suma de los días, de las semanas, de los meses, la salida del respirador, el fin de la termocuna. Manuela me dejó este año una renovada carga de optimismo y muchas razones para dar gracias.
  7. París con mi mamá. Del mes de vacaciones de mi mamá conmigo, nos fuimos juntas de viaje una semana. Pasamos por Venecia y por Madrid, pero adoré nuestros días en Francia, con champaña, crepes y macarons, el Louvre, Giverny y Versailles.Imagen
  8. El verano con los chicos. Gu, Sofi y Fred pasan sus vacaciones de verano con nosotros y de las siete veces que crucé el Atlántico este año, cuatro fueron por ellos: a buscarlos, a traerlos, a dejarlos, a volver sin ellos. Este año Gu se convirtió en un adolescente ‘cool’, Sofía me recordó mi espíritu de pastelera y me hizo rescatar mis moldes y mis viejas recetas en nombre de su amor por los dulces y Fred me emocionó con sus progresos.  Imagen
  9. Mi debut en Hermano Cerdo con la crónica del festival medieval de Óbidos. (Fruto del punto anterior, fuimos a pedido de los chicos).
  10. El amor-loco-amor de Érika. Seguí como una novela el breve, sobresaltado y feliz romance de mi amiga del colegio y me contagié de su alegría cuando, de un día para otro, se comprometió y se casó.
  11.  Dos meses en Rio de Janeiro. Adoré vivir en Rio y no estar solo de visita. Amé andar por la playa, conocer a su gente, ir al mercado y explorar la ciudad de meu amor. Nunca he tenido tanto sol en la piel como en Rio.
  12.  Volver a casa para Navidad, a una Lisboa con un invierno mucho más simpático que el año pasado. Diez grados más (estamos entre 12 y 16 grados), poca lluvia y mucho cielo despejado. Celebrar Navidad y Año Nuevo en casa, a solas, los dos, es una forma muy romántica de terminar este año.
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