Hasta la semana siete de embarazo, andaba por la vida como si nada. Muy feliz, muy ilusionada y muy equivocada: canté victoria muy temprano, creyendo que todo el embarazo sería así de liviano. Sentía que era como mi prima Jéssica, por quien los embarazos pasan como una brisa. Yo y mi bocota.
En la semana siete y dos días, la paz de mi cuerpo se acabó. Aquella mañana empecé a reaccionar como si en mis entrañas hubiera una batalla contra el invasor, una suerte de inicio de guerra de mi sistema inmunológico, unas mañanas donde no podía poner un pie fuera de la cama sin antes rumiar unas galletas de agua y sal. Unos días en los cuales podía pillarme un mareo horrendo en la mitad del pasillo. Unas jornadas donde perdí la cuenta de lo que comía y de lo que no comía y de lo que volvía a comer. Por puro ejercicio de terquedad: la comida me sabía a nada. O mal. U horrible.
Y la vida iba así: cuatro días de pesadilla, un día de bienestar. Tres/dos. Dos/uno. Luego ya ni lo supe.
El sábado amanecí mal. Pero él me llevó a comer una milanesa y, fue, en mucho tiempo, la comida que más he disfrutado. A partir de ahí, a partir de mi encuentro con la milanesa milagrosa, he estado sintiéndome muy bien. El sábado volví a escribir. Ayer empecé a ponerme al día con mis lecturas. Hoy he escrito durante toda la mañana y parte de la tarde y me siento tan bien que me parece mentira.
No. No estoy cantando victoria.





