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A esta polémica llegué tarde. Había leído los comentarios, la indignación, las burlas y la perplejidad con la cual en Estados Unidos se tomaron el tercer libro de Amy Chua, profesora de Leyes en Yale (los anteriores fueron sobre democracia y globalización). Tanta alharaca me sonaba a libro mal leído, pero no me molesté en buscarlo para enterarme.

En las vacaciones, mientras esperábamos en Berlín el tren que nos llevaría a París, me puse a curiosear en una tienda de periódicos y revistas de la estación. Entre los pocos libros que tenían estaba el famoso librito rojo. Lo compré.

Él me miró y, burlón, me soltó: “¡eso es una lectura de madre neurótica! ¡pobre Bruno! ¡no lo voy a permitir!”.

Yo no hice caso. Así que me dediqué a leer las aventuras de Amy mientras criaba en Estados Unidos a Sophia y Louisa, dos niñas mitad chinas mitad judías. Claro que el libro no era una defensa apasionada de la neurosis en la crianza. Era, más bien, el testimonio de una madre que no temía usar la ironía para dar cuenta de sus fracasos. Porque si bien la primogénita aceptaba callada las reglas, la segunda organizó una rebelión que hizo claudicar a la madre tigre. Y de eso se trata el libro. Es una topografía del fracaso.

Cuando terminé me pregunté de dónde había salido el escándalo. La respuesta era facilísima: de los primeros reseñistas del libro, que leyeron el primer capítulo y lo cerraron escandalizados, sin plantearse que esas hiperbólicas afirmaciones sobre la superioridad de la implacable madre china tenían un tris de ironía. No es que Chua no diera señales: antes del primer capítulo dice clarito que esta es la historia de un choque de culturas y de cómo fue humillada por una niña de trece años.

Y claro que el conjunto de reglas de la madre china, escandaloso por lo visto para la sociedad americana, a mí no me movía un pelo. Mi papá podía armar un escándalo monumental –o una pulida escena de chantaje emocional- si no tenía calificaciones perfectas.  Nunca me dejaron ir a una pijamada. Ver televisión fuera del horario acordado. Mi mamá (heroína de esta historia, pues le bajó el tono a muchas demandas paternas) pasó momentos vergonzosos acompañándome a las fiestas de mis amigas cuando yo tenía más de quince años. Si ella no iba, mi papá no dejaría que yo fuese. Y a él le dolió en el alma que me dedicara a escribir y no a la ingeniería electrónica que él había soñado para mí. Claro que dio guerra y soltó amenazas cuando le comuniqué mi decisión. Con los años, me enterneció recortando mis primeros artículos en el diario y llevándolos en su billetera para mostrárselos a sus amigos.

¿Madre china? ¡Parece que no han conocido a un padre cubano!

Y yo. Bueno, yo intentaré no ser una madre neurótica.

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No voy a hacer una reseña del libro ‘Nueve lunas’ de Gabriela Wiener. Hace años que no escribo reseñas y no me interesa destripar una obra a la cual me di el gusto –aún me lo doy- de sentir.

Les voy a contar mi experiencia de lectora. De mujer feliz cambiando páginas como una desesperada frente al libro que hablaba de las cosas que quería saber mientras mi barriga se ensancha.

A Gabriela Wiener la conocí gracias a Etiqueta Negra. Fue hace tantos años que ya olvidé en qué época me grabé su nombre. Era mi cronista favorita, la valiente que se exponía en las letras, la que ante mis ojos es la reina del periodismo ‘gonzo’. La que si iba a contar el mundo de los swingers llevaba de la mano al marido y lo experimentaban todo. Y luego lo ponía en papel.

Había escuchado hablar de ‘Nueve lunas’, el libro que contaba su embarazo y lo tenía en mi lista de deseos de Amazon. Días después de haberlo encargado, un querido amigo que recién se enteraba de mi embarazo, me recomendó su lectura. Señales. Esperé con ansias el libro.

Cuando llegó, me instalé a devorarlo. Eran las experiencias de cada mes contadas con desparpajo y una sinceridad que se agradece cuando estás rodeada de libros que hablan de la maternidad como una época de maripositas y corazones, donde todo huele a rosas y la felicidad viene por decreto.

Eso que no te dicen de frente, todo eso me lo contaba la experiencia de Wiener. Porque nadie te avisa que empiezas a oler fuerte y sientes que deberías tomar más de un baño al día, pocos te hablan de los gases, las neurosis, la cobardía, los miedos, el deseo. ¡Nadie te describe de una manera clara lo que son las dichosas contracciones! Pero ahí está Nueve lunas para que te enteres de lo que vas a sentir: una mezcla de cólicos menstruales con cólicos renales. Como ya perdí la cuenta de cuántas piedras han expulsado mis riñones, sé a lo que me enfrentaré en septiembre.

Gabriela Wiener desnuda su embarazo ante nosotros. Cuenta lo que quieres saber. Relata las lágrimas de su parto. Su sensación de derrota cuando no consigue tener un parto natural y terminan induciéndolo.

He perdido la cuenta de cuántas veces he releído trechos de Nueve lunas en estos meses. Comparando experiencias, comprobando sensaciones que también he tenido, adelantándome a lo que se acerca.

Como esto no es una reseña en la que tengo que posar de crítica equilibrada, les digo: compren Nueve lunas. Devórenlo.

Eso es todo. 

Navegar é preciso…

Es verano y el cielo de Lisboa está en su mejor tono de azul. Hace semanas que no hay nubes. Y en el Tajo, esta semana, una sucesión de veleros estuvo de visita. Hoy se lucieron en el río, en un paseo entre el puente y la Torre de Belén. Ayer, a la hora del almuerzo, fuimos al muelle de Santa Apolonia y ahí estaban, veleros abiertos para las visitas. Portugal, donde se inventaron las caravelas, aún es un país de navegadores. Debían ver las caras felices de los lisboetas que hacían fila bajo el sol esperando su turno de entrar a los navíos…

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Maestra vida

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http://etiquetanegra.com.pe/articulos/cristiano-ronaldo-discipulo-humilde

Escribo desde la resaca de un alegrón. La portada de Etiqueta Negra, la número 104, me puso una sonrisa en el rostro que no me la quita nadie. Y ya saben que yo no me ahorro sonrisas. Así que imaginen mi cara ahora. Cara de niña en Navidad, abriendo los regalos y encontrando su nombre en la portada de una revista admirada por años. Esa cara.

Admito que esa cara de felicidad me ha acompañado varias semanas. El proceso de edición fue un paseo emocionante, con madrugones que no me pusieron de mal humor y versiones tras versiones que me dejaban feliz al ver los progresos. Trabajar con una editora como Lizzy Cantú no tiene precio.

Me fui a buscar a los maestros de Cristiano Ronaldo en el Sporting de Lisboa. Aquellos que entrenaron al jugador y ayudaron a forjar el carácter del delantero del Real Madrid. Me encontré con dos entrenadores que lo han visto crecer y empecé a entender su historia.

De sus entrenadores, me encanté con la historia de Aurelio Pereira. Un hombre que soñaba ser maestro de escuela y a quien sus padres lo empujaron a escoger una carrera que le asegurara estabilidad económica. Un señor a quien el fútbol devolvió al lugar que había soñado, al título de maestro, a enseñar a los chicos.

Pereira es un tipo sencillo a quien los clubes grandes de Portugal, el Benfica y el Porto, ya han intentado llevarse del Sporting. Él es fiel a la camiseta.

Vaya que lo codician: el señor Pereira no solo ha sido profesor de Cristiano Ronaldo. Luis Figo y Nani fueron sus alumnos. Y media selección portuguesa de fútbol. Ese ‘profe’ calmado y sencillo es clave en la historia de CR7.

Treinta semanas

¿Ya son treinta? ¿Sólo faltan diez? A veces me sorprendo con las cifras y con la velocidad del tiempo. Bruno patea, se mueve, se da vueltas en mi barriga y yo no puedo creer que estemos tan cerca de tenerlo en nuestros brazos.

Bruno tiene la naricita respingada que tenía yo cuando era niña. Es lo que hemos visto en las ecografías. En un mes tendremos la última, y lo veremos pelear. Mueve los bracitos y patea, con enojo, cuando el médico que hace las ecografías empieza a darme golpes en la barriga, para verlo mejor.

En cada ecografía, embobados frente a la pantalla, lo miramos mover los dedos, las piernas, abrir la boca, moverse. No he llorado. Al verlo se me acelera el corazón y lo único que quiero es tener la capacidad de no pestañear para no perder detalle de esa personita.

Él tampoco pestañea. Sonríe viendo a nuestro hijo en la pantalla. Él se sorprende con lo callado que es el médico, porque hay algunos que narran la ecografía como si de un partido de fútbol se tratase. A mí me gusta que el doctor no diga nada y me deje disfrutar de aquella película blanco y negro en la cual veo a un bebé moverse en su piscina. Ya con mi ginecólogo, ahí sí que no nos quedamos callados. Entre nuestras preguntas y sus respuestas, la consulta se va en un suspiro. Casi como este embarazo. ¡Solo faltan diez semanas!

De regreso

Y así voy con el blog. Voy y vuelvo. Volví. 

Hasta la semana siete de embarazo, andaba por la vida como si nada. Muy feliz, muy ilusionada y muy equivocada: canté victoria muy temprano, creyendo que todo el embarazo sería así de liviano. Sentía que era como mi prima Jéssica, por quien los embarazos pasan como una brisa. Yo y mi bocota.

En la semana siete y dos días, la paz de mi cuerpo se acabó. Aquella mañana empecé a reaccionar como si en mis entrañas hubiera una batalla contra el invasor, una suerte de inicio de guerra de mi sistema inmunológico, unas mañanas donde no podía poner un pie fuera de la cama sin antes rumiar unas galletas de agua y sal.  Unos días en los cuales podía pillarme un mareo horrendo en la mitad del pasillo. Unas jornadas donde perdí la cuenta de lo que comía y de lo que no comía y de lo que volvía a comer. Por puro ejercicio de terquedad: la comida me sabía a nada. O mal. U horrible.

Y la vida iba así: cuatro días de pesadilla, un día de bienestar. Tres/dos. Dos/uno. Luego ya ni lo supe.

El sábado amanecí mal. Pero él me llevó a comer una milanesa y, fue, en mucho tiempo, la comida que más he disfrutado. A partir de ahí, a partir de mi encuentro con la milanesa milagrosa, he estado sintiéndome muy bien. El sábado volví a escribir. Ayer empecé a ponerme al día con mis lecturas. Hoy he escrito durante toda la mañana y parte de la tarde y me siento tan bien que me parece mentira.

No. No estoy cantando victoria.

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